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Bilbao, la nublada e industrial Bilbao, sufrió una transformación gracias al arte a finales del siglo pasado. El Museo Guggenheim, a la orilla de la ría, se fundió con el tono cromático del cielo gracias al gris de su fachada, pero aportó luz y visitantes a la capital de Vizcaya, en el País Vasco. El cambio consolidó un nuevo paradigma en la reconversión de ciudades e incluyó un símbolo más a la ciudad del Casco Viejo, el bacalao y los Altos Hornos: el cachorro Puppy, un ‘perrito’ de casi 14 metros, 15 toneladas y piel de flores.

Puppy forma parte indivisible al Museo. Su autor es Jeff Koons, el valorizado artista pop de los globos de feria gigantes. La idea de este bebé gigante de raza West Highland White Terrier cuyo contorno lo marcan pétalos de 38.000 distintos tipos de flores surge de una mezcla del kitsch’ con los jardines barrocos y esas figuras gigantes que suelen dar la bienvenida, comenta Idoia Arrate desde el departamento de comunicación del museo.   

Su nacimiento fue en 1992. Ya pensado para colocarse al aire libre, Puppy pasó primero por el castillo de Arolsen, en Alemania, y luego por el Museo de Arte Contemporáneo de Sidney. Hasta que, en 1997, recayó en Bilbao con motivo de la inauguración del edificio. Allí, con un manto de plantas “invernales”, sufre un lifting cada nueve meses: “Se realizan dos replantaciones al año, hacia mayo y hacia octubre, debido al tiempo que tardan en brotar, crecer y marchitarse”, cuenta la responsable, “y antes hay una semana de preplantación donde también es sustituida la turba”. Según la estación, las plantas son begonias, alegrías, petunias o claveles (primavera/verano) y  pensamientos en otoño. La única que no varía es la hiedra de la papada, que no es modificada ya que “las flores no crecen hacia abajo”. Hasta nueve días demora este cambio de pelaje.

Toda la gama de colores está marcada por la plantilla inicial de Jeff Koons, que incorpora una estructura interior de cuatro pisos, acero inoxidable y con un vacío central. “Se la recubre con tierra, malla metálica y se protege con un manto geotextil perforado en cuyos orificios se insertan las plantas que cubren la obra”, exponen. “En el vacío se inserta el sistema de irrigación informatizado, que sirve para realizar algunos de los tratamientos fitosanitarios”, explican en el museo, incidiendo en la importancia de un reparto uniforme de agua y en la colocación una por una de cada flor.

Esto último les trae de cabeza. No sólo por la minuciosidad de extraer cada planta de su maceta e insertarla una a una, sino por las pérdidas que se producen. “Después de los fines de semana siempre falta alguna. Y cerca de unas mil unidades se estropean entre la plantación y su florecimiento”, indican desde la pinacoteca, a la que los bilbaínos aluden como “la caseta” de Puppy.

Maremi y Arantza, creadoras de la web Euskadi-BasqueCountry.org, sostienen que el mayor enemigo del cachorro no son los flases de millones de turistas a diario, sino los pulgones, “que atacan en especial los días de viento sur”. También añaden que —para paliarlo, entre otras rutinas necesarias— se le cambia el abono una vez al mes y la tierra cada cuatro o cinco. Esto y el riego citado, que se enciende de noche durante hora y media, cuestan al año unos 100.000 euros.

“Cuidar de alguien” y “tener el control sobre las cosas” eran dos de los objetivos de Koons al imaginar esta escultura orgánica. “Luego el resultado está en las manos de Dios. Unas flores van a crecer en un sentido y otras en el contrario; algunas dominarán a las restantes… Es como la vida, hay que controlarla para aprovecharla mejor. Puppy celebra la fertilidad y el caos”, describió. Para el centro, no obstante, la mascota “emplea la iconografía más edulcorada —flores y perritos— en un monumento al sentimentalismo”.

Llevan razón: Puppy se ha erigido como todo un símbolo de la ciudad, independientemente de sus significados. La policromía ha sepultado al gris secular de Bilbao. Y este pedazo de cultura contemporánea ha cumplido los propósitos de “suscitar optimismo” e “infundir confianza y seguridad” que pretendía el artista. Puppy, dicen en el Guggenheim, llena a los espectadores de admiración y alegría. ¿Alguien le pide más a un icono?

 

Images: Museo Guggenheim